MEDIO AMBIENTE / OCEANOGRAFÍA GLOBAL
En las profundidades del Mar de Weddell y en los márgenes de la plataforma continental oriental late el motor silencioso de todos los océanos del mundo. Allí, el congelamiento del mar en invierno expele sal y produce una masa de agua tan densa y gélida que se precipita en cataratas submarinas hacia los abismos oceánicos, dando origen a la denominada Agua de Fondo Antártica, que recorre las cuencas del Pacífico, Índico y Atlántico durante siglos.
Sin embargo, esta gigantesca cinta transportadora planetaria está perdiendo fuerza a un ritmo alarmante. Un estudio oceanográfico de gran escala liderado por el consorcio internacional AAPP comprobó que el flujo de agua abisal se ha ralentizado cerca de un treinta por ciento en las últimas décadas, un declive atribuido de manera directa al acelerado derretimiento de los glaciares costeros.
La física del fenómeno es concluyente: el hielo glaciar que se desprende y funde en las bahías está compuesto por agua dulce, considerablemente más liviana que la salmuera marina. Este vertido constante forma una capa superficial estratificada que actúa como una verdadera tapa térmica, impidiendo que el agua de superficie se enfríe lo suficiente y adquiera la densidad crítica indispensable para hundirse.

Las implicancias de este freno circulatorio rebasan por completo las latitudes polares. Al debilitarse el bombeo de fondo, se reduce drásticamente la capacidad de los océanos para secuestrar calor atmosférico y dióxido de carbono, a la par que se restringe el ascenso de nutrientes esenciales hacia las capas superficiales donde florecen las redes tróficas marinas globales.
Los investigadores advierten que continuar ignorando el colapso gradual de las corrientes abisales equivale a desatender el termostato de la biosfera, urgiendo a las cumbres climáticas a incorporar la salud del fondo oceánico como una prioridad innegociable.
Fuente: Australian Antarctic Program Partnership
