«Hemos perdido el barco y las provisiones, así que nos vamos a casa”
Ir a casa; era más fácil decirlo que hacerlo. Pero así se mostraba Ernest Shackleton ante sus hombres: impertérrito, optimista. Habían vivido durante meses abandonados sobre la precaria cáscara congelada en que se había convertido la superficie del mar. Estaban a unos 650 kilómetros de la tierra firme más cercana, las islas de las estribaciones de la Península Antártica.

Una distancia enorme en aquellas circunstancias, casi imposible de recorrer sobre un simulacro de terreno en donde la nieve, las irregularidades del hielo, las escarpadas agujas o las grietas que aparecían de repente convertían cualquier plan de avance en una quimera.

Los veintiocho hombres de la Expedición Imperial Trans-Antártica Imperial habían hecho guardia junto al barco que los había llevado allí, el Endurance. El buque de exploración polar más sofisticado de su tiempo permaneció todo un largo invierno antártico aprisionado por el hielo, resistiendo la presión de las placas sobre su casco, mientras sus tripulantes acampaban a la intemperie, sobre un mar congelado, durmiendo en sacos y teniendo que conciliar el sueño sabiendo que apenas unos metros de hielo los separaban de las profundidades.
Habían tenido que trasladar el campamento cuando una grieta había aparecido bajo sus pies. Con los primeros signos del anhelado deshielo primaveral, la banquisa empezó a estremecerse y el Endurance empezó a sufrir, ladeándose. Los mástiles cayeron. Después, el buque fue reducido a un amasijo de pedazos de madera y metal, hundiéndose con todo lo que aún quedaba en sus bodegas y no se había podido recuperar.
Fuente: Jot Down Sport