Vayamos a la otra punta de la Tierra. Es 20 de mayo de 1916. El noruego Thoralf Sørlle se ocupa de sus quehaceres diarios como director de la estación ballenera de Stromness, en la recóndita isla de Georgia del Sur, a unos 1500 kilómetros de las estribaciones de la Antártida. Sentado en su despacho, nunca podría imaginar que está a punto de ser testigo de un acontecimiento histórico. Porque sus ojos van a contemplar algo que el mundo entero ha considerado imposible.
Stromness es una pequeña agrupación de casas que sirve como base para los barcos balleneros que surcan las frías aguas del Atlántico Sur a la caza de cetáceos. Hay algunas cabañas y almacenes de madera, varios depósitos de gran tamaño, y un embarcadero, todo ello enmarcado por una sierra rocosa que, como la propia isla, aparece siempre nevada.

Georgia del Sur es el territorio más meridional del Imperio Británico, situada en un rincón remoto del océano. Forma un triángulo con el estrecho de Magallanes, el punto más al sur de América, y la Península Antártica, el punto más al norte del continente helado de la Antártida. La isla es el hogar de vistosas manadas de focas; también de nutridas bandadas de pingüinos y otras aves marinas.
No hay mucho más de interés en ella, excepto las estaciones balleneras y los campamentos de cazadores de focas; cazadores que proceden, sobre todo, de la muy lejana Noruega. El resto, rocas y nieve.

El verano del hemisferio sur ya ha terminado. Se avecina el invierno. El clima de Georgia del Sur es polar, pero no tan duro como podría suponerse; el verano es frío, con moderación, y de vez en cuando pueden llegar a disfrutarse temperaturas agradables. Los inviernos son, como es lógico, gélidos, pero nunca tan crudos como en la vecina Antártida. La temperatura en la isla rara vez baja de los 10º C bajo cero, incluso en plena época invernal.
Fuente: Jot Down Sport