El continente antártico atraviesa una transformación sin precedentes impulsada por la creciente afluencia turística. Durante la temporada 2023-2024, más de 123 mil personas visitaron la región blanca, lo que representó un incremento del 40 por ciento en comparación con los 56 mil visitantes registrados en el ciclo 2018-2019. Esta expansión vertiginosa sitúa bajo la lupa de la comunidad científica los efectos ambientales directos sobre uno de los territorios más frágiles y prístinos del planeta.
Huella de carbono y derretimiento acelerado
La mayor preocupación radica en el impacto climático asociado a la logística del viaje. Se estima que la huella de carbono de un turista en la Antártida alcanza una media de 5,44 toneladas de dióxido de carbono por pasajero, cifra equivalente a las emisiones anuales totales que genera una persona promedio en cualquier parte del mundo.
Actualmente, más del 90 por ciento de los traslados y actividades recreativas en aguas polares se llevan a cabo a bordo de cruceros de gran porte. Los gases y el hollín derivados de la combustión de estos buques, junto con la operación de aviones, helicópteros y generadores diésel en bases y sitios de desembarco, provocan un oscurecimiento progresivo de la superficie nívea. Este fenómeno disminuye el albedo del terreno y precipita el deshielo. Estimaciones científicas señalan que, entre 2016 y 2020, cada visitante causó indirectamente el derretimiento de unas 83 toneladas de nieve, en un contexto en el que durante 2024 se registraron picos térmicos de hasta 10 grados por encima de los valores históricos.
Riesgo de bioseguridad y especies no nativas
Con la diversificación del perfil de los visitantes, el territorio polar dejó de ser un ámbito de circulación exclusivo para personal militar y expediciones científicas. Esta apertura incrementó el peligro de dispersión accidental de microorganismos, semillas y especies foráneas capaces de perturbar el sensible equilibrio biológico local. Frente a este desafío, se instrumentan estrictos protocolos de bioseguridad, desinfección y aspirado de la indumentaria y el calzado de los contingentes en cada punto de desembarco.
La complejidad regulatoria en el Tratado Antártico
La gobernanza internacional sobre el continente enfrenta un desafío mayúsculo ante este crecimiento. El Tratado Antártico, en vigor desde 1961 y originado por doce países tras el Año Geofísico Internacional de 1957-1958, reúne en la actualidad a 58 Estados parte. No obstante, solo 29 de ellos ostentan la condición de miembros consultivos con derecho a voto.
Dado que la adopción de medidas y directrices vinculantes exige un consenso unánime entre las partes con derecho a voto, la instauración de nuevos límites y marcos normativos específicos para regular el turismo a gran escala resulta un proceso complejo frente a la rapidez con la que se expande la actividad comercial.
De la primera expedición turística a la industria actual
El turismo comercial en el sexto continente tuvo su hito fundacional en el verano austral de 1958, cuando el buque de la Armada Argentina «Les Eclaireurs» zarpó desde el puerto de Ushuaia transportando a los primeros 98 viajeros civiles. Durante décadas, la cantidad de turistas se mantuvo en unos pocos cientos al año, hasta que en la década de 1990 la actividad cobró escala industrial con una flota creciente de embarcaciones.
Hoy, pese a que las tarifas oscilan entre los 5.000 y 25.000 dólares por plaza —alcanzando cifras de hasta 100.000 dólares en travesías de alta gama—, la demanda continúa quebrando registros y plantea un dilema decisivo sobre la preservación futura del continente blanco.
Fuente: Agencia de Noticias Científicas de la UNQ